Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

Haga una búsqueda

BÚSQUEDA AVANZADA

DÍA XIII
DE LA SAGRADA ESCRITURA BROTA LA VIRTUD DE LA CARIDAD

LA PROFECÍA DE JEREMÍAS

Este libro está formado de muchos discursos y vaticinios pronunciados a lo largo de cuarenta años. Incluye también muchas noticias que ilustran y confirman esos vaticinios. No sigue un orden cronológico, sino solamente cierto orden lógico para describir las amenazas y la ejecución de la justicia divina contra el pueblo elegido y contra los gentiles. A lo largo de la exposición podemos comprobar su unidad en la idea de la justicia divina, y aunque prevalece la descripción de la justicia reivindicativa de Dios, el profeta no deja de edificar y plantar con la predicación de la misericordia y la restauración.
No sabemos qué distribución siguió el profeta al escribir su libro. Indudablemente, puso en orden muchos de los vaticinios que encargó escribir a Baruc en un libro que el rey Joaquín mandó quemar, y probablemente el libro dictado nuevamente a Baruc haya servido como base de la colección de las profecías que tenemos aquí.
Jeremías no tiene la altura ni la mirada de águila de Isaías; es tan sencillo, espontáneo y natural, que podría ser un modelo narrativo en todas las literaturas. Es el profeta del corazón y, habiendo sido el propio profeta una de las figuras más vivas de Cristo, representa por sí mismo todos los dolores y las esperanzas del pueblo elegido.
133
LAMENTACIONES DE JEREMÍAS

Este librito contiene cinco elegías y se llama así por su título en latín. Se trata de cinco poemas muy diferentes. Los cuatro primeros son alfabéticos en hebreo, es decir, cada versículo comienza con una letra siguiendo el orden del alfabeto. El tercero repite tres veces la misma letra.
La primera lamentación describe una Jerusalén desolada, como si se tratara de una mujer abandonada que se lamenta. La segunda describe la causa del desastre de Jerusalén, sus pecados, por los que Dios está justamente irritado. La tercera lamentación describe el llanto apesadumbrado de esta misma ciudad, que confía en la misericordia de Dios. La cuarta describe un dramático contraste entre el presente y el pasado de Jerusalén, enumera los pecados que han causado tantas desventuras y termina apostrofando a Idumea. La quinta lamentación es la oración del pueblo elegido que enumera sus desgracias y suplica que la ira de Dios no sea eterna.

LA PROFECÍA DE BARUC

El profeta, después de una introducción histórica, confiesa los pecados de Israel y pide misericordia. A continuación incluye una advertencia sobre las causas de la ruina nacional y promete los mayores consuelos. En el apéndice incluye una carta de Jeremías a los desterrados.

BARUC

Baruc, hijo de Nerías, discípulo y secretario de Jeremías, pertenecía a una noble familia de la tribu de Judá. El cuarto año de Joaquín leyó los oráculos de Jeremías y volvió a escribirlos después de haber sido quemados por el rey. Bajo Sedecías
134
fue encarcelado, como Jeremías, hasta la toma de Jerusalén. Siguió a Jeremías a Masá y luego a Egipto. El año quinto después de la caída de Jerusalén le encontramos en Babilonia leyendo a los desterrados, agrupados alrededor del rey Jeconías, la confesión de los pecados. Parece que murió en Babilonia doce años después de la caída de Jerusalén.

REFLEXIÓN XIII

De la sagrada Escritura brota la virtudde la caridad


«Dentro de mi corazón conservo tus órdenes,
para no pecar nunca contra ti»

(Sal 118/119,11)


Con la lectura de la sagrada Escritura, como hemos visto, nutrimos nuestra fe y despertamos nuestra esperanza. Hoy veremos cómo crece la virtud de la caridad
La caridad es la virtud por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Es una virtud que no ha nacido en la tierra sino que viene del cielo, de donde nos la trajo el mismo Jesucristo. Antes de la venida de Jesús, los hombres no sabían qué era la caridad. Para los antiguos era incluso una vileza perdonar a los enemigos; había que vengarse de ellos a toda costa. Después de la venida del Maestro divino las cosas cambiaron totalmente. Las infinitas obras de beneficencia que hoy se hacen en todos los pueblos y ciudades son una prueba irrefutable de ello.
135
No es exagerado decir que la caridad es hija de Dios,1 Tuvo su sede en el corazón divino de Jesús y se originó en él. Jesús, en efecto, amó al Padre celestial y a los hombres con un amor infinito: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros a Dios como ofrenda» (Ef 5,2).
Con sus solas fuerzas naturales, los hombres no sabrían amarse según el espíritu del Evangelio. Era necesario que el divino Maestro viniera del cielo a enseñárselo. Y fue lo que hizo primeramente dándonos ejemplo y luego enseñándolo de viva voz. Pero esto no debía terminar con su vida mortal, por lo que Dios dispuso que su enseñanza fuera transmitida a todos los venideros por medio de la sagrada Escritura.
¡Cómo vibra el amor de quien lee en el Evangelio la institución de la santísima Eucaristía! ¡Qué emoción sentimos al leer la bellísima parábola del buen pastor, donde podemos ver a Dios mismo yendo en busca de la oveja descarriada, a la que, una vez encontrada, abraza, toma en sus brazos y conduce a lugar seguro!
También se enciende y aumenta el amor al prójimo leyendo, por ejemplo, los milagros realizados por Jesús con los que deja limpios a los leprosos, sana a los paralíticos y los enfermos de todo tipo, libera a los oprimidos por el demonio, devuelve la vida a los muertos, etc.
¡Qué dulces sentimientos de amor y confianza en Dios suscita en nuestra alma el pensamiento de que Magdalena fuera perdonada de tantos pecados por haber amado mucho. Pero no sólo el Nuevo Testamento despierta y aumenta nuestro
136
amor; también los libros del Antiguo Testamento contienen bellísimos ejemplos y valiosas enseñanzas sobre él. En el Éxodo, por ejemplo, se lee que Dios es misericordioso hasta la milésima generación de los que le aman y observan sus enseñanzas: «Ego... faciens misericordiam in milia his qui diligunt me, et custodiunt præcepta mea» (Éx 20,5-6).2
Las mismas cosas que leemos en el Evangelio de san Mateo fueron ya escritas siglos y siglos antes por Moisés: «Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5), con la única diferencia de que san Mateo escribe: «Con toda tu mente» en lugar de «con todas tus fuerzas».
En el capítulo 45 del Génesis se lee el magnífico ejemplo de José cuando perdona generosamente, acoge y besa a sus hermanos que le habían vendido como esclavo.
La virtud del amor se recomienda en la Escritura no menos de doscientas veces.
San Pablo nos habla constantemente en sus cartas de esta virtud, de sus cualidades, necesidad, frutos y premios. El Evangelio y las cartas de san Juan, que recibió directamente esta virtud del corazón del divino Maestro, son una continua recomendación de la virtud celestial del amor.
Quien lee asiduamente la Biblia aprenderá el modo de amar a Dios y al prójimo, como también el modo de perdonar y no odiar a los enemigos.
San Alfonso se convenció con la lectura de la Biblia de la necesidad y la belleza de
137
esta virtud teologal, de la que llegó a escribir un libro: La práctica de amar a Jesucristo, como comentario del versículo de Evangelio de san Juan: «Qui habet mandata mea et servat ea: ille est qui diligit me. Qui autem diligit me, diligetur a Patre me: El que conoce mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama le amará mi Padre» (Jn 14,21).
Leemos también en el Evangelio que Jesús, antes de conceder a san Pedro el triple poder y la plena potestad de administrar, gobernar y juzgar y antes de darle el poder de las llaves del reino, quiso que le hiciera una triple profesión de amor.
Leamos pues la Biblia con la intención y el deseo de que aumenten en nosotros las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y busquemos en ella hechos y dichos con los que podamos acrecentarlas y consolidarlas, sintiendo así la eficacia de esa lectura.

EJEMPLO. La Biblia y los cristianos de los primeros siglos. Cuenta la historia eclesiástica que el amor de los primeros cristianos a la sagrada Escritura era grandísimo. La Biblia y la Eucaristía constituían las fuentes principales de las que sacaban la fuerza para combatir contra los enemigos internos y externos.
La mayor parte de los cristianos solían tener el Evangelio en el pecho. Expresamente lo dice el breviario de santa Cecilia: «Virgo semper in corde suo Evangelium Christi ferebat», y lo hacía así para poder leerlo cómoda y frecuentemente a lo largo del día y en los momentos de mayor e imprevisto peligro.
A comienzos del siglo IV el emperador Diocleciano publicó un decreto que ordenaba entregar los libros de la sagrada Escritura bajo pena de muerte. El impío decreto sólo consiguió aumentar el amor y la estima de los cristianos a los libros sagrados. Fueron muchos los que prefirieron dar su vida antes que entregar aquel tesoro. Eusebio considera que el número
138
de los mártires de la sagrada Escritura alcanza varios centenares, hasta el punto de que la Iglesia, no pudiendo celebrar la fiesta particular de cada uno de ellos, estableció el 2 de enero como fiesta de todos los Mártires de la sagrada Escritura.
En otra página de la historia de la Iglesia se cuenta que aquellos fervorosos cristianos escribían en tablillas los versículos de la sagrada Escritura que luego colocaban en las paredes de las iglesias y de las casas para tener siempre presentes las divinas palabras.
Así se explica la valentía y la heroicidad de los primeros cristianos, que preferían sufrir mil muertes antes que renegar de su fe. Y así se explica también su gran amor mutuo, hasta el punto de asombrar a los propios paganos, que al verles se decían: ¡Mirad cómo se aman!... ¡Parecen hermanos!

FLORECILLA. Como imitación de los primeros cristianos, escribiré en mis libros y cuadernos algún versículo de la sagrada Escritura.

CÁNTICO AL CREADOR [#]

Escuchadme, hijos, y creced
como rosa plantada a la orilla del arroyo.
Derramad buen olor, como incienso.
Floreced como lirio,
exhalad suave olor y celebrad sus loores,
bendecid al Señor por todas sus obras.
Engrandeced su nombre,
publicad sus alabanzas con cantos y con cítaras;
así diréis al alabarle:
Qué hermosas son todas las obras del Señor;
todas sus órdenes se cumplen a su tiempo.
No hay lugar a decir: «¿Qué es esto?
¿Para qué es aquello?»,
porque todo ha sido creado con su fin.
A una palabra suya las aguas se congregaron
y se formaron los depósitos de las aguas.
Por orden suya se cumple en todo su voluntad,
y no hay quien impida su obra salvadora.
Las obras de todo viviente están en él,
y nada se puede ocultar a sus ojos.
Su mirada se extiende desde los orígenes
hasta el fin de los tiempos,
y nada hay extraordinario para él.
No vale decir: «¿Qué es esto? Aquello, ¿para qué?»,
pues todas las cosas fueron creadas para un fin.
Su bendición es como un río que se desborda,
como un diluvio que empapa la tierra.
Dejará sentir su ira sobre las naciones,
como cambió las aguas en salitre.
Sus caminos son rectos para los justos,
para los malvados son escabrosos.

(Sir 39,13-24).


139
LECTURA

Características del amor

El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni orgulloso; no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.
El amor nunca falla. Desaparecerán las profecías, las lenguas cesarán y tendrá fin la ciencia. Nuestra ciencia es imperfecta, e imperfecta también nuestra profecía. Cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Cuando llegué a hombre, desaparecieron las cosas de niño. Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de una manera imperfecta; entonces conoceré de la misma manera que Dios me conoce a mí.
Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor.

(1Cor 13,4-13).


ORACIÓN DE DAVID

Justicia, Señor, escúchame, atiende a mi clamor,
presta oído a mi súplica, que no hay engaño en mí;
que en tu presencia resplandezca la justicia,
que tus ojos vean en dónde está la razón.
Explora mi corazón, vigílame de noche,
pruébame en el crisol, no encontrarás en mí ningún delito;
mi boca no ha faltado como hacen los otros,
he guardado siempre tus mandatos,
no he circulado nunca al margen de las leyes,
mis pasos no vacilaron jamás por tus caminos.
Yo te llamo porque tú me respondes, oh Dios mío;
tiende hacia mí tu oído, escucha mis palabras.
Despliega tu bondad, tú que salvas de sus opresores
a los que buscan refugio en tu derecha;
guárdame como a las pupilas de tus ojos,
escóndeme a la sombra de tus alas.

(Sal 16/17,1-8).


140

1 Esta insistencia del P. Alberione sobre la caridad está justificada por las palabras de Jesús en Mt 7,12; 22,40: el sentido mismo de toda la Escritura, o al menos de la Ley y de los Profetas, puede sintetizarse en hacer o no hacer a los demás lo que se desea o no para uno mismo. Esta parece ser la mejor definición de la caridad fraterna entre los hijos de Dios.

2 «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso... pero demuestro mi fidelidad por mil generaciones a todos los que me aman y guardan mis mandamientos».