Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

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INSTRUCCIÓN VI
OTRAS FORMAS DE ORACIÓN

Nota sobre las cuatro ruedas

El Superior o el maestro paulino desempeña en una casa un trabajo equilibrado y provee a todas las necesidades más importantes cuando las tiene todas en cuenta y las atiende: piedad, estudio, apostolado y pobreza. Son las cuatro ruedas del carro, que deben funcionar al unísono, sin golpes, sin riesgo excesivo por el peso que transportan. La piedad es el alma de cada uno y de la comunidad en conjunto; el estudio es necesario porque para enseñar se necesita saber; el apostolado es el segundo fin del Instituto; la pobreza que produce, provee a las personas y a las obras. Las demás cosas forman más o menos parte de éstas. Por ejemplo, la pobreza exige un trabajo con entradas, cuida la salud de los miembros, hace compras con cautela, conserva con diligencia lo que posee, etc.
l estudio se ordena al fin, es decir, a aprender todo cuanto sirve a los religiosos para sus cometidos, para el apostolado
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y para los ministerios, pues el fin que se persigue requiere medios.
La piedad es vida para cada religioso, para cada comunidad y para toda la familia religiosa, pero supone las prácticas en cantidad y calidad convenientes, capaces de funcionar y alimentar cada vez mejor el espíritu paulino. El apostolado tiene el aspecto intelectual, el técnico y el divulgativo.
El Superior orienta siempre su actividad cotidiana y apoya todo en esas cuatro ruedas para llevar el peso de acuerdo con su cargo. Si olvida una rueda, o no se avanza o el carro entero se desliza hacia el precipicio.

* * *

Art. 118. Por el voto de pobreza el religioso renuncia al derecho de poseer lícitamente y de usar de cualquiera cosa temporal, estimable en dinero, sin permiso del legitimo Superior.
Art. 119. Todo profeso en la Sociedad conserva la propiedad o dominio de sus bienes, con la capacidad de adquirir otros; y, firme lo prescrito por el artículo 69, no le es lícito renunciar al dominio de sus bienes por un acto ínter vivos a título gratuito.
Art. 120. No pueden los hermanos profesos, por razón del voto de pobreza, retener la administración de cualesquiera de sus bienes. Por eso, antes de su primera profesión están obligados a ceder a otro la administración y a disponer libremente de su uso y usufructo,
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según se fija en los artículos 69 y 70. Esa cesión y disposición, si se descuidó por falta de bienes y éstos sobrevinieren después, o si se hizo y después vinieron otros bienes por cualquier título, hágase entonces y reitérese según el modo preestablecido, no obstante la profesión emitida.
Art. 121. La disposición y cesión de que se trata en los artículos 69, 70 y 120, no puede cambiarla el profeso sino con permiso del Superior general; mas si el cambio de al menos una parte notable de sus bienes hubiera de hacerse en favor de la misma Sociedad, se requiere indulto apostólico. En caso de salida de la religión, tal cesión y disposición deja de tener valor, como se declara en el artículo 69.
Art. 122. No le es lícito al profeso cambiar el testamento hecho a norma del artículo 71 sin licencia de la santa Sede, o si urge el caso y no hubiere tiempo de recurrir a ella, no puede hacerse sin licencia del Superior mayor o del local, si no se pudiera recurrir al mayor.

Prácticas cotidianas de piedad

Celebrar o escuchar la santa misa, decir las oraciones vocales, hacer la meditación en común, la comunión sacramental o espiritual y el examen preventivo, constituyen conjuntamente el ejercicio de la mañana.
Son la provisión espiritual de luz, fuerza, valor y gracia para el camino del día.
La vida está orientada toda ella al paraíso,
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para conseguir el cual es necesario «conocer, amar y servir a Dios».
Cada jornada es parte de la vida entera, con el mismo fin y los mismos medios.
Apenas despierto por la mañana, el Señor me llama a cubrir un trecho de la vida: hoy tengo que ordenar la jornada para el paraíso; hoy quiero conocer, amar y servir un poco mejor a Dios. Y esto quiere decir que ordenaré mis tres facultades o dones de Dios: la mente para conocerle, el corazón para amarle y la voluntad para servirle.
Y dado que soy débil, recurriré al Señor para que ilumine mi mente con una gran infusión de fe-luz, con una gran infusión de caridad, de amor a Él y al prójimo, con una gran infusión de fortaleza y generosidad de propósitos.
El ejercicio de la mañana (misa, comunión, meditación y examen preventivo) despierta nuestras facultades, conforme a la naturaleza y la gracia.
Toda la vida es un viaje hacia la eternidad. Un día es un trecho del viaje. El conductor inteligente arranca con prudencia, que es una virtud cardinal, y por eso piensa en la carretera que debe recorrer, que viene a ser el examen preventivo. Llena el depósito de carburante, revisa el aceite, el estado de los neumáticos y todo lo necesario, y todo eso representa la ayuda pedida a Dios con la oración.
A lo largo de la jornada hay un descanso, que es la visita al santísimo Sacramento. Es una nueva provisión: para la mente, porque en el primer punto se hace lectura espiritual, «lucerna pedibus meis verbum tuum»;1 para
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la voluntad, porque el segundo punto es el examen de conciencia con los propósitos, así como la renovación de los votos, «cibus meus est ut faciam voluntatem Patris mei»,2 etc.; para el corazón (sentimiento), con la oración, porque en el tercer punto se reza el rosario, se hace la comunión espiritual y otras oraciones de libre elección, «venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis et ego reficiam vos».3
El breviario para los sacerdotes y el Oficio de la Virgen para los discípulos de Jesús Maestro sirven para consagrar todas las horas y el camino del día.
Como no existe el coro para los paulinos, la libertad de horario permite programar las horas al servicio del ministerio y del apostolado en conformidad con las necesidades de las almas. Se programa convenientemente en función de un bien mayor. Causaría desorden si se procediera según la impresión del momento.
Otras grandes ayudas para la jornada son las jaculatorias, el dominio habitual de sí mismo, el frecuente recuerdo del «age quod agis»4 o del «attende tibi»,5 la economía del tiempo, etc.
Se cierra el día santamente con una mirada al trecho recorrido, con un agradecimiento de las gracias, con el dolor por los pecados y las oraciones de la noche.

Prácticas semanales de piedad

Todos tenemos la confesión, y los domingos la segunda misa y las vísperas. Los discípulos tienen además el estudio de la religión.
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Las leyes canónicas y las Constituciones establecen la confesión semanal.
La confesión se llama también sacramento de la penitencia, pues requiere realmente el pœnitere, el examen, la humillación, la acusación, los avisos, la satisfacción. La aceptación de todo eso es sacrificio del amor propio.
Pero es fuente también de muchos consuelos: el aligeramiento de la conciencia, la palabra y la absolución de quien representa a Jesucristo, la restitución o el aumento de la gracia.
Si se hace semanalmente, quiere decir que es constante la lucha contra nuestros defectos y tenaz el esfuerzo en progresar.
Está claro que hay que acusar todos los pecados graves si los hubiera.
Es muy útil confesar todos los pecados veniales deliberados, especialmente si son frecuentes y están arraigados.
Vencidos éstos, se toma en consideración las caídas por fragilidad, al menos para disminuir su número y gravedad. Pero es mejor detenerse sobre una especie, por ejemplo las distracciones, los vanos empeños, las faltas de caridad, etc. Hágase en la confesión siguiente un balance del progreso habido o no.
Siempre que sea posible, asístase a una segunda misa los domingos, y que ésta sea lo más solemne que se pueda, especialmente en las mayores fiestas.
Habrá asimismo vísperas. Antes de la bendición del santísimo Sacramento se explicará el catecismo, la liturgia, la historia sagrada, la sagrada Escritura o las Constituciones, según los casos.
El estudio de la religión para los discípulos,
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dos horas a la semana, debe adecuarse a su edad y preparación: desde el catecismo para adultos, la historia sagrada, la vida de Jesucristo, la ascética y la mística, la vida de María y de san Pablo, hasta la teología del religioso laico.

Prácticas mensuales de piedad

La primera es el retiro mensual. Tiene otros nombres: retiro de perseverancia, ejercicio de la buena muerte, santificación del primer domingo del mes. Se le puede denominar también curso mínimo de Ejercicios espirituales, pues contiene los tres elementos: meditación de orientación, con la confesión (que se aconseja sea de todo el mes); instrucción sobre los deberes y las virtudes con los correspondientes propósitos; oraciones para el mes siguiente, con un examen preventivo, y la oración para la buena muerte.
En el año de espiritualidad (de un curso a otro de Ejercicios espirituales), es muy útil establecer etapas breves para revisarnos y recuperarnos.
Etapas para un descanso espiritual y recuperación para el nuevo recorrido.
La fidelidad al retiro mensual y a la confesión semanal son dos signos de fervor y de salvación eterna.
En nuestras casas es mejor que lo predique el Superior, y si él falta, el maestro de más edad. Servirá para hacer una especie de balance del mes terminado y una previsión para el nuevo mes.
Es aconsejable un solo tema, dividido en tres puntos: meditación, instrucción y oración.
En general, es útil que los profesos perpetuos lo hagan con los sacerdotes.
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Recuérdese que es de gran ayuda espiritual para la población introducir esta práctica, con el nombre que se quiera; preferimos el de «Domingo de Jesús Maestro», que es un retiro mensual para la parroquia o la comunidad. Posiblemente se hará la exposición del Santísimo con adoración por turnos.

Las devociones de la primera semana

La primera semana del mes se consagra a nuestras diversas devociones. El lunes a san Pablo, el martes a las almas del purgatorio, el miércoles a san José, el jueves al ángel de la guarda, el viernes al sagrado Corazón de Jesús, el sábado a la Reina de los Apóstoles y el domingo a Jesús Maestro.
El primer lunes nos acercamos a san Pablo para conocerle y suplicarle, para obtener y formar buenas vocaciones y el espíritu de apostolado para nosotros y nuestros cooperadores.
El primer martes se dedica a las almas del purgatorio, para ofrecer sufragios por ellas y ahorrarnos el purgatorio a nosotros mismos, satisfaciendo nuestras deudas con Dios y evitando el pecado venial.
El primer miércoles se dedica a san José con tres fines: protección de la Iglesia universal, asistencia a cada uno de nosotros y una buena muerte para todos los agonizantes del mes. [También para que] la divina Providencia [nos atienda] en todas las necesidades.
El primer jueves del mes se dedica al ángel de la guarda: para conocerle, para vernos libres de las sugestiones del demonio en los peligros espirituales y materiales y para seguirle
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en su solicitud por llevarnos con él al cielo.
El primer viernes se dedica al sagrado Corazón de Jesús para conocer, estimar y corresponder a sus grandes dones: el Evangelio, la Eucaristía, la Iglesia, el sacerdocio, el estado religioso, María santísima y su misma vida.
El primer sábado es para conocer, amar, imitar, suplicar más y más a nuestra Reina, Madre y Maestra María.
El primer domingo se dedica a Jesús Maestro y mediador para que en Él, por Él y con Él sea glorificada, reconocida y suplicada la santísima Trinidad. Recordamos los novísimos, especialmente nuestro fin, el paraíso.

Ejercicios espirituales de ocho días cada año

Es útil considerar que nuestros Ejercicios espirituales deben llevarnos a mejorar el espíritu y el apostolado. Será conveniente, por tanto, dedicar 5-6 días al espíritu y 2-3 días al apostolado y al ministerio.
Hay Ejercicios espirituales más breves, por ejemplo para los aspirantes, los cooperadores, los padres de nuestros miembros, los bienhechores, etc.
Hay Ejercicios espirituales más largos, y conviene que hagamos alguna vez en la vida el curso de un mes entero. Servirá también para el requiescite pusillum.6
Hay Ejercicios espirituales predicados y Ejercicios no predicados. Lo que importa (y es algo que nunca puede faltar) son las reflexiones o meditaciones y la oración, que son dos elementos esenciales.
Se puede también prescindir del libro para las meditaciones.
Si éstas son predicadas, las reflexiones durarán aproximadamente lo mismo que la plática.
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El ejercicio ha de ser de todo el hombre: de la mente para la fe, de la voluntad para los propósitos, del corazón para la oración y unión con Dios. Todo para establecer la vida de Jesucristo en la mente, la voluntad y el corazón.
Advertencia muy importante: entrar totalmente, estar solos con Dios para poder salir recuperados, sin mancha y sin arruga y para vivir una nueva vida.
De ahí que los Ejercicios espirituales, cuando son de nueve días, puedan dividirse así: tres para la mente, especialmente con el credo, haciendo hincapié en las verdades eternas; tres para la voluntad, con exámenes de conciencia y propósitos sobre los mandamientos, virtudes y consejos evangélicos, y tres para el sentimiento, con oración y unión con Jesucristo.

Nuestras solemnidades

Tenemos las fiestas de san José, de los Ángeles de la Guarda y la Conmemoración de los Difuntos. Se celebra también la Conversión de san Pablo.
Pero las solemnidades son tres:
a) La de Jesús Maestro, de primera clase, que se celebra dentro de la octava de Epifanía o en el mes de agosto. Es útil recitar en la novena la coronita propia, dividida en cinco puntos: tres se refieren a Jesús como verdad, camino y vida, y los demás como modelo de apostolado y como viviente en la Iglesia. Se ha publicado también una novena en latín y con canto.
b) La de María, considerada como Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles, de primera clase. Tenemos la coronita a la «Regina Apostolorum», dividida en cinco partes, en las
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que se consideran las razones por las que merece ese título. También se ha impreso una novena en lengua latina para ser cantada.
c) La de san Pablo apóstol, de primera clase, el 30 de junio. La precede la novena cantada que ha sido publicada, o se recita la coronita dividida en cinco puntos.

Transformar nuestras acciones en oración

El divino Maestro insiste: «Oportet semper orare et non deficere».7 Y san Pablo: «Sine intermissione orate... Memoriam vestri facientes in orationibus nostris sine intermissione».8
Los medios son: las frecuentes jaculatorias, además de las prácticas comunes de piedad; la conservación del recogimiento habitual; el ofrecimiento de todas las acciones, incluido el descanso, la comida, etc.
Es evidente que las acciones han de ser buenas, hechas en gracia de Dios y con recta intención.
San Agustín quiere que toda acción sea un canto de alabanza al Señor: «Cante la vida de tal modo que nunca calle con Dios».
Santo Tomás de Aquino escribe: «Tamdiu homo orat, quamdiu totam vitam suam in Deum ordinet».9
La recitación del ofrecimiento «Divino Corazón de Jesús, os ofrezco todas mis oraciones, acciones y padecimientos...» es de suma utilidad.
Olier explica muy bien la importancia de hacer nuestras acciones en unión con Jesús y previamente dice de qué modo está Jesús en nosotros para santificarnos:
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«No sólo habita en nosotros como Verbo con su inmensidad... sino que habita también como Cristo, con su gracia, para hacernos partícipes de su unción y de su vida divina... Jesucristo está en nosotros para santificarnos, a nosotros y nuestras obras, para llenar de sí todas nuestras facultades: quiere ser la luz de nuestra mente, el amor y el fervor de nuestro corazón, la fuerza y la virtud de todas nuestras facultades, para que en él podamos conocer, amar y cumplir la voluntad de Dios, su Padre, tanto para trabajar en su honor como para sufrir y sobrellevar todo por gloria suya». Explica seguidamente cómo las acciones que hacemos nosotros solos y para nosotros son defectuosas: «Nuestras intenciones y pensamientos tienden hacia el pecado por la corrupción de nuestra naturaleza, y si nos dejamos llevar a actuar por nuestra cuenta y a seguir nuestras inclinaciones, obraremos en pecado». De ahí la conclusión de que hay que renunciar a las propias intenciones para seguir las de Jesús: «Considerad, pues, el gran cuidado que debéis tener, al principio de las acciones, para renunciar a todos los sentimientos, a todos los deseos, a todos los pensamientos y deseos propios, para entrar, como quiere san Pablo, en los sentimientos y en las intenciones de Jesucristo: hoc enim sentite in vobis quod et in Christo Jesu».10
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1 «Lámpara de mis pasos es tu palabra» (Sal 119[118],105).

2 «Mi alimento consiste en hacer la voluntad de mi Padre» (cf. Jn 4,34).

3 «Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

4 «Haz bien lo que estás haciendo».

5 «Cuida de ti mismo» (1Tim 4,16).

6 «Descansad un poco» (Mc 6,31).

7 «Es necesario orar siempre sin desfallecer jamás» (cf. Lc 18,1).

8 «Orad sin cesar... Continuamente os recordamos en nuestras oraciones» (1Tes 5,17; 1,2).

9 «El hombre ora tanto tiempo cuanto ordena su vida entera a Dios».

10 «Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).