Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

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XII
APOSTOLADO DE LA ACCIÓN:
LA CORREDENTORA


«¡Alabad a Dios, alabadle!
Albad a Dios, que no ha retirado su misericordia
de la casa de Israel;
que por mi mano ha dado muerte al enemigo
esta misma noche» (Jdt 13,14).


LA CORREDENTORA

La misa es el sacrificio de la cruz traído a nuestros altares. Cada mañana vamos al Calvario para contemplar al Crucificado y a la Dolorosa, y para participar en los frutos de la redención. La misa es el gran apostolado de los corazones amantes, pues da a Dios honor y gracias: obtiene a los hombres misericordia y gracia.
En ella no somos meros espectadores, sino actores. En ella con María sacrificamos e inmolamos a Jesús, por cuanto nos pertenece.
Consideremos a María corredentora y reparadora nuestra.
María suministró al Redentor la materia de la carne y de la sangre con la que iba a ser preparada la hostia para nuestra salvación. Más aún: custodió, nutrió y a su tiempo ofreció a Jesús, consintiendo en ello, sobre el altar de la cruz. Como en Getsemaní Jesús aceptó inmolarse,
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así María dio su asentimiento a la inmolación y, en cuanto la concernía, inmoló a su Hijo. Asentimiento diverso, pero semejante al dado para la encarnación.
En ningún momento de su vida se rompió la unión de voluntad o de intenciones y de dolores entre Madre e Hijo; y tanto menos se rompió en el Calvario: cuando Jesús era crucificado y María estaba al pie de la cruz. Por esta unión de dolores, de voluntades y de intenciones entre María y Jesucristo, María llegó a ser reparadora y corredentora nuestra y dispensadora de los frutos de la cruz. El Redentor es Jesucristo solo. María concurrió a la redención y cooperó por medio de Jesucristo y con Jesucristo. Jesús mediador principal por oficio; María redentora secundaria y asociada a la gran obra por divina disposición.
María no es fuente de la gracia: lo es sólo Dios. Pero la Virgen, unida a Jesucristo, nos mereció la gracia por congruencia; Jesucristo por condignidad.1
La santísima Virgen fue asociada a Jesucristo en la redención de la humanidad. En general cabe decir que María nos redimió en el modo como nos redimió Jesucristo. Éste por medio de su pasión; María por medio de su compasión, es decir de los sufrimientos unidos a los de Jesús.
Por una parte, Jesús y María sufrieron un conjunto de dolores; por otra, lo hicieron en obediencia al Padre y por motivo de amor a las almas. La compasión de María no se reduce al último acto o epílogo del sufrimiento, en el Calvario, sino que empezó el día de la anunciación,
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cuando consintió en ser Madre del Redentor. No aceptaba una maternidad común, sino la maternidad de Quien se hacía hombre para morir en redención del hombre pecador. La compasión no es un simple afecto de conmiseración, como el de san Juan y las piadosas mujeres que estaban junto a la cruz con María. Tampoco se trata de un mero y personal dolor, común aunque en grado diverso grado a san Juan y a las piadosas mujeres. En cambio, la compasión de María indica el conjunto de penas que en la pasión de Jesucristo y con él, soportó por la redención y salvación de los hombres como cooperadora en la gran obra. Esta compasión es cosa personal y completamente propia de María.

LOS PAPAS

Hablan los papas. Pío IX dice que María juntamente con su Hijo y por medio de su Hijo venció al demonio.
León XIII afirma que en los misterios del rosario resplandecen los méritos de María para nuestra redención: meditamos los singulares méritos con que ella, junto a su Hijo, participó en la salvación del género humano. Ella no sólo estuvo presente, sino que participó activamente; de modo que es realmente corredentora.
Pío X enseña así: «María mereció ser la reparadora o corredentora de la humanidad decaída, porque vivió una ininterrumpida participación en las fatigas y penas del Hijo, teniéndola éste asociada a su gran misión redentora».
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Benedicto XV escribe: «María, en cuanto le concernía, inmoló a su Hijo para satisfacer las deudas del hombre con la divina justicia, de tal manera que se puede afirmar que ella, con el Hijo, redimió al mundo». Y como consecuencia (de haber redimido el mundo con Cristo), las gracias llegadas a nosotros por la redención están, diríamos, administradas y distribuidas por las manos de María, la Dolorosa.
Pío XI: «La Virgen dolorosa participó y concurrió en la obra de Jesús redentor; y así, por una inefable unión con Cristo y por su gracia singular, se la llama y es realmente la reparadora; y las gracias que nos llegan son fruto de la pasión de Cristo y a la vez de la compasión de María».
Nadie podrá maravillarse de tales enseñanzas de los últimos papas,2 si piensa que tal había sido el anuncio de Dios a Adán y Eva culpables: «Pongo hostilidad entre ti [demonio] y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza » (Gén 3,15).
La redención será pues un desquite contra el demonio; y el desquite vendrá por la Mujer y por su Hijo.
En este paso del Génesis, los santos Padres ven preanunciados al Redentor y su santísima Madre; más, hallan declarada la misma enemistad o lucha de Cristo y de María contra el demonio. Ven cómo el demonio fue vencido por el aplastamiento de la cabeza, que acaeció por la obra común de Jesús y de María que actúan juntos, según la admirable providencia de Dios.
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MADRE E HIJO

Por eso dice san Alfonso: «Como el eterno Padre no quiso que su Verbo divino se hiciera Hijo de María antes de que ella lo aceptase con expreso consentimiento, así no quiso que Jesús sacrificara su vida por la salvación de los hombres, sin que a ello concurriera de nuevo el asenso de María; para que junto con el sacrificio de la vida del Hijo fuera también sacrificado el corazón de la Madre... Así pues María, por el gran mérito que adquirió en este inmenso sacrificio que ella ofreció a Dios para la salvación del mundo, justamente fue llamada por san Agustín la reparadora del género humano... Dios dispuso que María cooperase en nuestra salvación y así fuera madre de nuestras almas».
En el Calvario hay que contemplar dos altares: uno es el cuerpo de Jesús; el otro, el corazón de María. Jesús inmolaba la propia carne, María inmolaba la propia alma.
Allí están Jesús y María: están arrebatando al demonio su presa para restituirnos la gracia y el derecho al paraíso. Cada cual está en su posición; pero la obra es común, las intenciones comunes, el fruto común. ¡Cuánto se hundió la espada en el alma de María! Corazones santísimos de Jesús y de María, unidos en la misma pasión, ¡os amamos, os damos las gracias, nos asociamos a vuestros sufrimientos; hacednos más contempladores de vuestro amor y de vuestro dolor en la santa misa! Ahí es donde convergen las almas apostólicas cada mañana. Sin la santa misa no hay nada; el sol está apagado. De la misa y con la misa se tiene todo: calor, luz, vida. La devoción
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de la misa significa encender el sol espiritual para el mundo.
«Así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único» (Jn 3,16).
Así amó el Hijo al mundo, dándose a sí mismo.
Así amó María al mundo, dando a su Hijo.

LA MISA

La Misa es la renovación del sacrificio de la cruz. Es un apostolado especialísimo la devoción de las misas. Celebrarlas, encargarlas, asistir a ellas, concurrir directa o indirectamente. Es el Calvario de Jesús y de María. Cuanto allí se hizo, aquí se renueva.
La Misa tiene unos frutos tan amplios que por medio de ella se actúa en anchura, altura, longitud y profundidad imposibles de sondar del todo. Es bueno tener presentes los frutos de la misa.
Fruto generalísimo : Da inmensa gloria a la augusta Trinidad. Da bienes a todos los hombres, ya sean bienaventurados, o vivientes aún en cualquier punto de la tierra, o estén en el purgatorio para la última preparación al cielo.
Fruto general : Para quien está presente, para quien sirve o canta la Misa; para quien ayuda al sacerdote; para quien le prepara con aportaciones morales y materiales, para quien prepara la iglesia, el altar, los ornamentos, vino, cera, hostias, etc.
Fruto especial : Para quien encarga celebrar la misa y para aquellos por quienes se la aplica.
Fruto especialísimo : Reservado al sacerdote celebrante.
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Están además los fines: la Misa es un gran Gloria in excelsis Deo ; y juntamente un gran pax homínibus para quien tiene buena voluntad. A Dios le da gloria y digna acción de gracias, presentadas en Cristo, por Cristo, con Cristo.
Para los hombres es súplica y satisfacción sobreabundante, de acuerdo a las propias necesidades y disposiciones.
Acercándonos a la misa, aprovecha espiritualmente ir acompañados por María dolorosa y por Jesús llevando la cruz al Calvario.
La santa misa es la escuela del apóstol, el camino del apóstol, la vida del apóstol. En efecto, se divide en tres partes: La primera es instructiva y de gran luz para el apostolado; va desde el principio hasta el ofertorio excluido. La segunda constituye el sacrificio y enseña cómo se busca la gloria de Dios y la salud de las almas; es la parte sacrificial: comienza en el ofertorio y va hasta el padrenuestro. La tercera, del padrenuestro a la comunión, es la parte de consumación y unión; Jesús es la vida y la fuerza del apóstol, que en la comunión se une al Apóstol.
Participemos en la santa misa meditando la pasión; o bien siguiendo la sagrada liturgia, o con otro método. Cuanto más entremos en el espíritu de Jesús redentor y de María corredentora, mayor será el fruto.
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1 Congruidad y condignidad: expresiones de la teología escolástica, indicando respectivamente conveniencia moral y estricto mérito .

2 Cuando el Autor daba a la prensa este libro, estaba en curso el pontificado de Pío XII (1939-1958), pero las fuentes utilizadas (E. Campana y G.M. Roschini) se detenían en Pío XI.