Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

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II
VOCACIÓN DE MARÍA AL APOSTOLADO


«Cuando el rey vio a la reina Ester, de pie en el
patio, la miró complacido, extendió hacia ella el
cetro de oro que tenía en la mano y Ester se
acercó a tocar el extremo del cetro. El rey le
preguntó: ¿Qué te pasa, reina Ester? Pídemelo y
te daré hasta la mitad de mi reino» (Ester 5,2-3).


APÓSTOLES

1) Jesucristo Dios y hombre es el Apóstol por naturaleza: «Considerad al enviado y sumo sacerdote de la fe que profesamos, a Jesús» (Heb 3,1).
2) María es la coapóstol por misión o elección; la apóstol por Cristo, así como decimos Jesús-redentor y María-corredentora.
3) Todos los demás son apóstoles por participación o vocación.
Jesucristo es el Apóstol del Padre. Jesucristo es el Enviado del Padre celeste para promover la gloria de Dios y la paz de los hombres. Jesucristo fundó el apostolado.
A su vez, él instituyó apóstoles de sí mismo: «Eligió a doce de ellos y les nombró apóstoles» (Lc 6,13). «A través de él hemos recibido el don de ser apóstol, para que en todos los pueblos haya una respuesta de fe en honor de su nombre» (Rom 1,5).
Nuestro apostolado es una irradiación de Jesucristo.
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Es dar al mundo a Jesucristo entero: Camino, Verdad y Vida.
María participa del apostolado más que todos los doctores, los predicadores, los misioneros.
Ella es la apóstol y Reina de todo apostolado por predestinación y vocación eterna de Dios.

VOCACIÓN DE JESUCRISTO

La vocación es la voluntad de Dios que destina a alguien a un estado especial, distinto del común. Es un designio de amor del Padre celeste, que confía a una persona una misión especial. La misión principal se la confió a Jesucristo.
El evangelista san Juan describe la misión del Hijo de Dios con estas palabras: «Así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva y ninguno perezca. Porque no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve» (Jn 3,16).
El Salvador cumplió esta misión perfectamente. Dijo de sí mismo: «No he bajado del cielo para realizar un designio mío, sino el designio del que me envió» (Jn 6,38).
San Pablo, en la carta a los Filipenses (2,8), declara: «Jesucristo se abajó obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz». Con esta obediencia él reparó los daños de la desobediencia de Adán y Eva y los pecados de todos los hombres, restituyendo a Dios el honor y la gloria que las criaturas le habían negado. Y en cuanto a su obra con los hombres, san Pedro la describe brevemente: «Pasó haciendo el bien» (He 10,38). Fue
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de ciudad en ciudad llevando por todas partes la salvación, con su doctrina, con sus ejemplos, los milagros y las curaciones de enfermos.
«¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7,37). Y en fin, sobre todo mediante su pasión y muerte en cruz, redimió al mundo, reabrió el cielo, restituyó la gracia, se quedó él mismo en la Eucaristía.
«Os rescataron... no con oro o plata perecederos, sino con una sangre preciosa, la de Cristo» (1Pe 1,18-19).
San Pablo en la carta a los Efesios, recuerda la misión reparadora y salvadora de Jesús, con estas palabras: «Os amó y se entregó por vosotros, ofreciéndose a Dios como sacrificio fragante» (Ef 5,2).
Antes de subir al cielo, Jesucristo confió su misma misión a los Doce que había elegido entre la muchedumbre de sus discípulos: «Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío también yo a vosotros» (Jn 20,21).
Los Doce deben asimismo dar gloria a Dios y paz a los hombres.
Los Doce y sus sucesores tienen que predicar, guiar las almas y santificarlas. «Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé» (Mt 28,18).

VOCACIÓN DE MARÍA

¿Qué concepto tiene todo cristiano sobre María? Ella es la preelegida para dar a Jesucristo al
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mundo. Todo ha pasado por María. Ella es la apóstol. Nosotros participamos en cierta medida de este su apostolado. María lo tiene en plenitud; nosotros en parte, porque somos siempre limitados en capacidades o en el tiempo o en el espacio.
Los hombres tienen todos los bienes de Jesucristo, la verdad. Él dijo: «Yo soy la Verdad».1 Es la verdad que salva, que nos hace libres, que da seguridad a nuestros pensamientos. Él dijo: «Yo soy el Camino»: es la ruta que debemos seguir, la senda de la paz, la que conduce al cielo.
Él dijo: «Yo soy la Vida»: es la vida sobrenatural; es la vida eterna; es la vida de Jesucristo en nosotros. Todo apostolado consiste en dar algo de Jesucristo: ¿no está en él quizás todo bien? Apostolado de la palabra, del ejemplo, de la juventud, de las ediciones, de las misiones, de la escuela católica, de las obras de bien, de las obras de beneficencia, etc.
María nos dio a Jesús, y en él cada bien, todo el bien. Los santos y los corazones apostólicos tienen un apostolado parcelado; María lo tiene entero. Es el apóstol universal en el espacio, en los tiempos, en los bienes, en los individuos.
Los apostolados y los apóstoles actúan en tiempos y lugares propios; María da siempre; da doquier; todo nos llega a través de María.
Esta es su vocación, su misión: dar a Jesucristo.
Se la representa ordinariamente llevando a Jesús; no sólo por ser Madre de Dios y su gloria, sino sobre todo para indicar lo que trajo al mundo en general y a cada alma en particular.
El papa Pío XII, al concluir la
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encíclica sobre el Cuerpo místico,2 resume las razones por las que María santísima es la Reina de los Apóstoles, y por tanto la parte selecta en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
«...Nos obtenga un auténtico amor a la Iglesia, la Virgen Madre de Dios; cuya alma santísima estuvo colmada del divino espíritu de Jesucristo, más que todas las demás almas juntas: Ella que, en representación de toda la humana naturaleza, dio el consentimiento para que tuviera lugar una especie de desposorio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana (S. Thom. q. 80, a. 1)».

EJERCICIO DE SU APOSTOLADO

Fue ella, la Madre virginal, quien dio a la luz la Fuente de toda vida celeste, Cristo Señor; fue de su seno virginal de donde nació el Hijo de Dios adornado con la dignidad de Cabeza de la Iglesia; fue ella la que pudo presentarle, apenas nacido, como profeta, rey y sacerdote a quienes, entre los judíos y entre los gentiles, acudieron los primeros a adorarle.
Además, su Unigénito, condescendiendo a su materna oración, «en Caná de Galilea» obró el admirable prodigio en fuerza del cual «creyeron en él sus discípulos» (Jn 2,11).
Fue ella quien, inmune de toda mancha, sea personal, sea hereditaria, y siempre estrechísimamente unida a su Hijo, le ofreció al eterno Padre en el Gólgota, haciendo holocausto de cualquier derecho materno y de su entrañable amor, como nueva Eva por todos los hijos de Adán contaminados por la mísera prevaricación de éste. Así, la que en cuanto al cuerpo era madre
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de nuestra Cabeza, pudo llegar a ser, en cuanto al espíritu, madre de todos sus miembros, con un nuevo título de dolor y de gloria.
Fue ella quien, con sus eficacísimas oraciones, impetró que el Espíritu Santo fuera infundido en la Iglesia el día de pentecostés, con dones prodigiosos.
En fin, ella, soportando con ánimo fuerte y confiado sus inmensos dolores, más que todos los hermanos cristianos, como verdadera Reina de los mártires, «completó lo que falta a las penalidades de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).
Ella, hacia el místico cuerpo de Cristo, nacido del corazón desgarrado de nuestro Salvador,3 tuvo la misma materna solicitud y premuroso amor con que, en la cuna de Belén, sustentó y nutrió con su leche al niño Jesús.
«La misma santísima Madre de todos los miembros de Cristo, que ahora en el cielo, reinando junto a su Hijo, resplandece en la gloria del cuerpo y del alma, se ocupa con insistencia para obtener de él que, de la excelsa Cabeza, desciendan, sin interrupción, sobre todos los miembros del místico Cuerpo, corrientes de abundantísimas gracias.
Ella misma, con su siempre presente patrocinio, como hizo en el pasado, así hoy proteja a la Iglesia impetrando de Dios, para ella y también para toda la familia humana, una era de mayor tranquilidad»4.
Es hermosa la figura que Isaías nos da de María: «Retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará un vástago, sobre el cual se posará el espíritu del Señor».5 El vástago o ramo es María; la flor y el fruto
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de ella es Jesucristo. Tal es el apostolado-misión de María: dar al mundo a Jesucristo.
Hay personas a las que el Señor destina a consumir toda la vida en el apostolado, dedicando a ello inteligencia, salud, corazón, tiempo: ¡todo! El Señor las ha separado, segregado: «Apartadme a Bernabé y Saulo para la obra a que los tengo llamados».6 Religiosos, sacerdotes, religiosas, misioneros... son llamados para múltiples obras; a ellos, como a María, un ángel (confesor, predicador, amigo, superior) les invitará...
Hay que corresponder a la llamada. El joven rico no correspondió; por el apego a sus bienes se retiró triste. Los apóstoles fueron prontos, generosos, constantes: «Dejaron la barca y a su padre y le siguieron».7
Hay que ayudar a las vocaciones. Ayudas materiales de dinero, ayudas morales de consejo, asistencia, instrucción, escuela, púlpito, confesionario, corrección.
Es la obra de las obras. Contemplad a María en sus cotidianos cuidados y atenciones espirituales y materiales para el gran Vocacionado: Jesús niño.
San Juan Bosco y san Agustín deben mucho en su vocación a las respectivas madres.
* * *

Reina de los Apóstoles, ruega al Señor, dueño de la mies, que mande buenos obreros para cosecharla. Ten piedad de estos pueblos que yacen en las tinieblas y sombras de muerte, sin pastor y sin guía. Envíales santos ministros de Dios, catequistas, ediciones formativas para que las almas se libren de la eterna condenación.
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1 Jn 14,6.

2 «Mystici Córporis», 29 de junio de 1943.

3 Oficio de la fiesta del Sagrado Corazón, himno de vísperas.

4 Pío X, Per quel giorno , A.S.S. XXXVI, p. 453.

5 «Et egrediétur virga de radice Jesse; et flos de radice ejus ascéndet» (Is 11,1).

6 «Segregate mihi Saulum et Bárnabam in opus ad quod assumpsi eos» (He 13,2).

7 Cf Mt 4,20.22.