Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

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14. «Considerad al enviado y sumo sacerdote»
(Heb 3,1)

«Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas. Salgamos, pues, a encontrarle fuera del campamento, cargados con su oprobio» (Heb 13,12-13).
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a) Salgamos a considerar: «Hermanos con sagrados que compartís el mismo llama miento celeste, considerad al enviado y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús» (Ib 3,1).
Es un moribundo excepcional: siendo santo, muere entre dos ladrones, cruelmente. «Vemos que Jesús, a quien Dios hizo un poco inferior a los ángeles, ha sido coronado de gloria y honor por haber sufrido la muerte. Así, por benévola disposición divina, dio su vida en favor de todos. Convenía, en efecto, que Dios, que es origen y fin de todas las cosas y que quiere conducir a una multitud de hijos a la gloria, transformase a Jesús, por medio del sufrimiento, hasta hacerle perfecto, siendo como es cabeza de fila de quienes han de salvarse» (Ib 2,9-10).
El moribundo es nuestro Dios: «¿A cuál de los ángeles dijo jamás: 'Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado', ni tampoco: 'Yo seré para él un padre y él para mí un hijo'»? (Ib 1,5). Asisten al moribundo los ángeles. Este moribundo deberá asistirnos a nosotros. ¡En el lecho del padre moribundo, los hijos!
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b) Muere «fuera de las murallas»: para «expiar así los delitos del pueblo» (Ib 2,17), «para con su muerte reducir a la impotencia al que tenía dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos» (Ib 2,14-15).
«Para consagrar al pueblo con su sangre» (Ib 13,12)51.
Toda la fuerza y la gracia vienen de la cruz.
(Para) hacernos partícipes de sus dolores: «Somos compañeros de Cristo» (Ib 3,14), es decir, hemos llegado a ser una cosa sola con el expulsado de Sión, correspondiéndonos a nosotros sus méritos; méritos del jefe de familia; cada hijo considera suyos los bienes del padre. «Por eso mismo, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte ha obtenido... que los elegidos consigan la herencia eterna prometida» (Ib 9,15). Es la nueva alianza: «Y es que santificador y santificados proceden del mismo Padre» (Ib 2,11); con la misma sangre se santifica el sacerdote que la aplica y el pueblo a quien se aplica. «Alcanzada así la perfección, se ha convertido en fuente de salvación eterna para cuantos le obedecen» (Ib 5,9)*.
Para nosotros su amor: «Nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado» (Ef 5,2).
Así que pensamiento, predicación, amor predominante ha de ser el crucifijo, según el ejemplo de san Pablo y de la Iglesia.
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c) Ejemplo de toda virtud, fidelidad al oficio y a la misión: «Se abajó, obedeciendo hasta la muerte» (Flp 2,7)*; celo por las almas: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,21)*; dulzura: «Cuando le insultaban no devolvía el insulto, mientras padecía no profería amenazas» (1Pe 2,23); desinterés: «Se despojó de su grandeza» (Flp 2,7); paciencia: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (He 8,32 citando Is 53,7); perseverancia: «He llevado a cabo, Padre, la obra que me encargaste» (Jn 17,4).

Medito, detesto, aprendo, prometo, amo.
Dos gracias, Señor: aprender a orar y a amarte.
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A Jesús Maestro

Te considero pontífice y víctima. Tú eres el gran sacerdote: «sumo sacerdote de la fe que profesamos» (Heb 3,1)*; «proclamado por Dios sumo sacerdote según el rango de Melquisedec; tema sobre el que es mucho lo que nos resta por decir y es difícil explicarlo» (Ib 5,10-11).
También yo pertenezco a este sacerdocio: Tú eres mi jefe, mi gloria, mi gozo. ¡Qué grandeza! «Un sumo sacerdote así era el que nosotros necesitábamos: santo, inocente, incontaminado, a cubierto de toda promiscuidad con los pecadores y encumbrado hasta lo más alto de los cielos. No como los demás sumos sacerdotes, que necesitan ofrecer sacrificios a diario por sus propios pecados primero, y después por los del pueblo» (Ib 7,26-27). Tal hostia tiene infinito valor; tal Oferente es infinitamente digno; la ofrenda se hace para todos los hombres de todos los tiempos y para la eternidad; se renueva perpetuamente en la tierra y eternamente en el cielo... ¡así que basta una sola vez! «Cristo se ha presentado como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Es el suyo un santuario mayor y más valioso que el antiguo; no es hechura de hombres ni pertenece a este mundo creado. En él ha entrado Cristo una vez por todas; no con sangre de machos cabríos o de toros, sino con la suya propia, alcanzándonos así una liberación imperecedera» (Ib 9,11-12). «Cristo no entró en un santuario construido por hombres -imagen del verdadero santuario-, sino en el mismo cielo, donde ahora intercede por nosotros en presencia de Dios» (Ib 9,24).
Yo, sacerdote, colaboro con El, dejándome usar como instrumento para su propia ofrenda en la misa, donde El actúa como verdadero y primer Oferente, como Hostia.

Rosario, miserere.
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51 El versículo citado, tanto por Cohausz como por Alberione, es equivocadamente el 13. Otras varias citas están hechas de modo aproximado, como ya se ha dicho. En el texto que el lector tiene delante se han subsanado estos pequeños errores. NdT.