Beato Santiago Alberione

Opera Omnia

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CAPÍTULO V
EL PODER DE LA MUJER

La mujer desempeñó un verdadero apostolado en la historia. Por tanto puede desempeñarlo; la consecuencia tiene un valor lógico indiscutible. Pero nosotros nos preguntamos más bien: ¿de dónde tanto poder en el sexo llamado débil? Dos causas principales explican el hecho: la mujer es fuerte por su corazón; la mujer es fuerte por su posición.

[La fuerza del corazón]

La fuerza de la mujer no está en su inteligencia, sino en su corazón; quisiera decir con un autor moderno, en su debilidad, en su espíritu, en su belleza, puesta a servicio de su corazón.
En el hombre el corazón es la mitad de su ser, en la mujer lo es todo: más superficial en lo demás, escribió De Bonald,1 la mujer es más profunda en el amor. - El amor tiene sólo episodios en la vida del hombre, mientras en la mujer es la historia de toda su vida, escribió Staël,2 quizás con un poco de exageración. Pero es cierto que en la mujer predomina el corazón, y ello se ve por su ternura, suavidad, espíritu de sacrificio, delicadeza, intuición. Observad el afecto de una hija con el padre o la madre, el afecto
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de una esposa hacia el esposo, aunque éste sea hosco y desmañado; el afecto de una hermana con los hermanos, aunque éstos sean desdeñosos; el afecto de una madre hacia los hijos, aun cuando éstos sean ingratos. Todo ello son pruebas del gran corazón de la mujer.
Ahora bien, a la fuerza se resiste con la fuerza, y triunfa el más fuerte; ante la inteligencia se usa el raciocinio y vence quien tiene mejores argumentos y lógica más aplastante. Análogamente entre dos corazones el triunfo es del más grande; y entre el hombre y la mujer, prevalece ésta. La mujer no razona el propio ideal, pero lo intuye y, apropiándoselo, lo ama con todo su ser y tiende a él con todas sus fuerzas, sosteniéndolo apasionadamente3 frente al hombre.
Lo sostiene con la debilidad. ¡Algo bien maravilloso! Cuanto más débil es uno, más fuerte será su ruego. Si el pobre es más pobre, tiene mayor eficacia ante el rico; cuanto más pequeño es el niño, más fácilmente desarma incluso al monstruo de crueldad. Y aquí está la fuerza de la mujer: ella es reina hasta tanto que implora ante el hombre; si intentara mandar o razonar, su poder se deshilacharía.
Y la imploración no sólo la usa la mujer frente al hombre para reforzar sus deseos, sino especialmente ante Dios. Ella ruega por el hombre; ruega con la confianza de un niño; ruega con la humildad del pobre;
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ruega a menudo con la constancia de un mártir. Ruega y Dios la escucha. Y bien, ¿quién no sabe que la oración es omnipotente ante el corazón de Dios? ¿Quién no sabe que Dios lo da todo a quien reza bien? ¡He aquí a la mujer que por su debilidad llega a ser fuerte con la fortaleza de Dios; a la mujer que vence porque tiene consigo a Dios!
La mujer sostiene su imperio con la belleza; belleza que crece con la virtud, con la modestia, con el pudor. En el Eclesiástico está escrito: «Cierra tus ojos ante la mujer hermosa y no te fijes en belleza que no es tuya. Por las mujeres se han perdido muchos, y su amor abraza como fuego».4 Pero, por otra parte, la belleza unida a la virtud, mueve el corazón del hombre, le inclina hacia ella; y lo gana sólo para elevarlo hacia el Señor.
La mujer sostiene su imperio con su espíritu; el hombre; al considerar las cosas, abstrae, generaliza; la mujer lo analiza todo y lo hace vivo. La mujer siente a Dios, la virtud, cuanto hay de bello y de bueno; y al sentir ama, y al amar comunica con persuasión, y al persuadir comunica una particular unción de su corazón. Y el hombre queda dominado, se diría que a menudo encantado.
La mujer sostiene su imperio con el sacrificio; pero un sacrificio realizado en mil cosas diminutas, que el hombre frecuentemente desprecia.
La mujer, para cumplir su sublime misión dispone de amorosas atenciones,
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exhortaciones fuertes y suaves, reproches llenos de dulce ternura, súplicas aderezadas con lágrimas ardientes, miradas que constituyen una revelación, una inspiración, una intuición, una sugestión y sonrisas encantadoras, un poco de todo esto a la vez; y con tales medios previene caídas, levanta a quien ha tropezado, empuja al bien.
Observad a cuántas cosas llega una mujer, cómo nada se le escapa, cómo todo lo prevé y dispone: es algo demasiado frecuente para poder estimarlo suficientemente; pero ahí está. Resulta difícil comprender las ternuras de una hermana, las delicadas y detallistas atenciones de una esposa, las solicitudes continuas y finísimas de una madre. No ahorra fatigas, vigilias, privaciones, sangre, vida; y sufriendo goza en ello, y muriendo goza en consumirse, con tal de obtener lo que quiere. Y el hombre queda vencido, cae a sus pies, se rinde y dice: «Pide cuanto quieras, manda».

[En el corazón de la familia]

Además la mujer es poderosa por su posición doméstica y social, que le vale cuanto el mejor punto estratégico al capitán. Ella está más en la familia que no el hombre, como hija, esposa, madre. ¿Cuánto no puede una hija en el ánimo de los padres y en el de los hermanitos? Hay familias enteras criadas cristianamente por una hermana mayor. Y, aun sin tener en cuenta estos casos, se dan tantos hechos que la cosa resulta como
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ordinaria, en que una buena hija defiende mil veces a los padres, y mucho más a los hermanos, de tantos excesos; en que una buena hija instruye en las verdades religiosas a sus allegados, pequeños y grandes, de modo tan natural y delicado que pasa inobservado; en que una hija de sólida piedad derrama los perfumes del propio espíritu entre las paredes domésticas; en que atrae a los parientes a la iglesia, a la palabra de Dios, a los santos sacramentos; en que induce suavemente a todos a un lenguaje limpio, a la compasión recíproca, al amor del trabajo.
Se le preguntó un día a una noble soltera, hermana de un abogado de prestigio, soltero también él, por qué había rehusado la mano a numerosos jóvenes buenos, ricos, honrados... La mujer levantó los ojos al cielo, luego los bajó, se le ruborizó un poco la cara y murmuró: «¡Ah! ¡el alma de mi hermano!...». Era la víctima que lo había sacrificado todo con tal de quedarse al lado del hermano, ¡para salvarlo! ¡Y había obtenido tanto!
La esposa, por su parte, añadiendo a la fuerza del afecto la libertad que le viene de ser la compañera de su esposo, puede todavía más. ¡Cuántas veces por ella se arregla el matrimonio religioso, por ella en casa se reza, por ella el marido se acerca a misa y a los sacramentos!
Y aun allí donde no llega ya la voz del sacerdote; a aquel hombre que no piensa sino en el trabajo y en las ganancias; al
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deshonesto que sólo sueña en placeres y pasiones; al infeliz conturbado por la fiebre de los honores o la sed de venganza; incluso a éstos puede llegarles, siempre o casi siempre, la voz de un ángel: la voz dulce, insinuante, apreciada de una esposa. ¡Cuántas veces se renueva el cuadro de santa Cecilia5 que lleva el marido al sacerdote de Jesús!
¡Cuántas veces se repite el hecho de Emilio Littré!6 Filósofo positivista, historiador evolucionista, senador vitalicio, masón celante, recibió en los últimos días de vida el santo bautismo. El mérito de la conversión, que maravilló al mundo, se debió a la esposa y a la hija, que la obtuvieron con el sacrificio, con la oración, con el servicio, con palabras dulces, con la medalla de la Virgen: argumentos más fuertes para el corazón que no la lógica para la mente.
¡Oh cuántos maridos, en la eternidad, deberán reconocer a su bienhechora y decir: «Por mi esposa estoy salvado!».
Finalmente, la mujer alcanza el ápice de su poder cuando es elevada a la dignidad de madre: en ella convergen fuerza de amor, libertad de palabra, autoridad divina sobre los hijos. Quien forma el alma de los hijos es precisamente la madre; el padre hace obrar, pero la madre crea la conciencia de la acción; el padre traza como el esqueleto de la educación,7 pero la madre lo completa, lo vivifica; el padre influye en el hijo presente, la madre incluso en el hijo alejado de
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su mirada, en el hijo que le sobrevive después de su propia muerte.
Montaigne8 y Smiles9 concordemente declaran: «La casa10 depende talmente de la mujer que puede y debe afirmarse que la felicidad o infelicidad de la misma son obra suya». Y De Maistre:11 «En las rodillas de la madre se forma lo que el mundo tiene de más grande: el hombre».
Esta verdad es de tal evidencia y de experiencia tan ordinaria que no necesita demostración. El hecho de Coriolano12 que cede ante la madre, si es verdad, no constituye sino uno de los infinitos episodios de todos los días.
¡Cuántas veces se puede repetir lo que dijo san Ambrosio a santa Mónica: «Es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas!».
Quedaría ahora por ver de qué es capaz la mujer por su posición social. Pero, a parte que ello resulta de cuanto se ha dicho ya, lo veremos más claramente en la segunda parte.
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1 Louis-Jacques-Maurice de Bonald nació en Millau, Aveyron, Francia, el 30 de octubre de 1787 y murió en Lyon el 25 de febrero de 1870. Sacerdote desde 1811, fue por algún tiempo capellán del Delfín de Francia, Carlos X. En 1852 fue nombrado senador. Fautor de la lucha contra el galicanismo político y eclesiástico (que intentaba imponer la supremacía del Estado a la Iglesia en Francia y a temperar la autoridad del papa con la de los obispos, los sacerdotes y los fieles franceses), promovió la reforma de los libros litúrgicos de rito galicano para estirpar de ellos las adherencia jansenistas. Frente al monopolio estatal de la escuela, defendió los derechos de la libertad de enseñanza.

2 Anne Louise Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein (1766-1817) nació en París el 22 de abril de 1766. Desde su tierna edad fue una calavera, una coquette deseosa de sobresalir y de acaparar la atención de los demás. Murió en París el 14 de julio de 1817. Su ópera omnia, en 17 volúmenes, fue publicada (1820-1821) por el hijo, el barón Auguste de Staël.

3 DA dice pasionadamente, un término poco habitual.

4 Cf. Eclo 9,8, pero también 25,21; 36,22; 42,12; Prov 11,22; 31,30.

5 Véase más adelante, DA 140, nota 17.

6 Maximilien-Paul-Emile Littré había sido un versátil escritor de ciencia, además de filósofo y filólogo refinado. Nació en París el 1 de febrero de 1801, y allí murió el 2 de junio de 1881. Desde 1867 dirigió la Revue de philosophie positiviste. Ateísmo, materialismo y socialismo los sentía Littré como actos de fe a los cuales dedicarse con humildad y extrema franqueza. Conocía el italiano y tradujo al francés el Infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri.

7 DA dice sólo de educación (sin el artículo la).

8 Michele Eyquem de Montaigne (1533-1592) fue un moralista francés de un escepticismo inspirado en el buen sentido y en la tolerancia, al que llegó mediante la constatación de las contradicciones y de la relatividad de la naturaleza y de las cosas humanas.

9 Samuel Smiles (1812-1904), autor escocés, era el mayor de once hijos, dejados, al morir el padre, a una viuda con escasos medios de subsistencia. Al espíritu y al buen ejemplo de esta mujer hay que atribuir el entusiasmo, la confianza y la autoformación, que explican la gran popularidad de Smiles.

10 DA, por un error tipográfico, dice “causa”.

11 Joseph de Maistre fue un hombre político, escritor y filósofo, católico intransigente y masón. Nació en Chambéry, Saboya (región actualmente de la Francia sudoriental al confín con Italia y con Suiza), el 1 de abril de 1753. Murió en Turín el 26 de febrero de 1821.

12 Cayo o Cneo Marcio de Corioli, tras la victoria sobre los volscos (493 a.C.) fue acusado injustamente de aspirar a la tiranía. Se refugió entre los vencidos y con ellos marchó contra Roma. Pero le hicieron desistir los ruegos de dos mujeres, la esposa Volumnia y la madre Vetruria.